domingo, 3 de enero de 2010
Música
Pablo Arapé Arze
Pues, sí. Nos encontrábamos en el bar “El Paramo” rajando caña. El ambiente era el de siempre: buena conversa, clima cálido, arepas con mortadela deliciosas y cervezas como beso de suegra… bien frías. Sin embargo, algo no encajaba. Algo fallaba. Faltaba algo. Se notaba la ausencia. Carecíamos de su embrujo. Aunque- paradoja al fin - estando presente, nadie reparaba en ella. Pero estando ausente, a todos nos hacia falta. Nos incomodaba no tenerla. Era un fastidio. Nelson Frites, preguntó: ¿no tiene arreglo? Gerardo Castillo lamentó, ¿precisamente hoy? El poeta Fortunato Hernandez, sentencio: “la felicidad es un vano espejismo”. Y es que echarse palos y no tener música de fondo es como ir al cine solo. igual a comprar cosas – consumir – y no enseñárselas a nadie. Igual al horror de enterarse que la vecina esta en estado – sin tener marido – y no contárselo a media humanidad.
Es curioso el efecto de la música: ni pendiente cuando libamos licor de la letra y música. Pero que no llegue a faltar. Nos escuece su ausencia. Nos aturde su ausencia. Tenemos y debemos tener un ruido de fondo. Podría ser una moto prendida. Una lavadora. Una moto sierra. La hojilla o Aló ciudadano. Pero no, tiene que ser música. Escogemos los temas. Discutimos por los cantantes. Promovemos un referéndum sobre cuál es el mejor. Nos acaloramos por imponer qué letras son las mejores. Pero al poner en marcha el reproductor de CD…nos olvidamos del asunto. Curioso ¿verdad?
Sea como fuere, el aparato de sonido estaba dañado. La tarde calurosa y ventosa nos traía el ruido intermitente de la sierra de una carpintería. La cerveza fría se dejaba colar. Los temas de conversación – lo humano y lo divino – transcurrían uno detrás de otro, como las tandas de bebidas. De repente, sin proponérmelo, sin querer; sin saber cómo ni porqué, me encontré tarareando... a ratos silbando... a ratos murmurando la letra y música de una vieja – viejísima – canción. ¿Porque esa y no otra?…vaya usted a saber
-¿Qué canturreas?, preguntaron los panas
-¿Quién, yo?
-Sí (en coro) tú
-Bueee, no sé.
(Nuevamente en coro) ¿Ataque de estupidez fulminante o lo normal en ti?
-Estee… No sé… ni siquiera me di cuenta que tarareaba algo. Es muy antiguo.
-Pero se oye bien; sentenció uno. Es rara, martilló el otro. Enséñanosla y la cantamos todos, propusieron
-Bueeeno….pero esta en latín!!
-¿Y? hablamos tres idiomas. Podemos lidiar con otro
-¿Tres idiomas?... ¿cuales?
-Castellano, Caroreño y “Cuti”
-Muy graciosos, muy graciosos. Bueno… Plomo!! Vamos a darle.
“In taberna quando sumus, non curamos quid sit humus”
Lentamente, las estrofas de la canción – al principio con timidez – y luego con mas confianza, comenzaron a apropiarse del ambiente.
“Quidam ludun, quidan bibunt, quídam indiscrete vivunt”
La melodía era pegajosa. Nadie sabia lo que cantaba pero era contagiante. De las mesas vecinas comenzaron a llegar cervezas brindadas, que son las mejores.
“Bibit era, bibit herus, bibit miles, bibit clerus, bibit ille, bibit servus cum ancilla”….
La canción se adueño del local. Era la locura. Todos cantaban. Al unísono marcábamos el tiempo. Nos arropaba una alegría colectiva. Igual un rito místico. Era la antigua catarsis de los griegos. La gente repetía las estrofas sin parar.
“Bibit frater, bibit anus, bibit mater, sexies pro sororibus vanis, septies pro militibus silvanis” de esta forma continuamos por horas hasta que algún agua fiesta rompió el sortilegio pronunciando la horrorosa blasfemia que voy a transcribir, con el perdón de ustedes: …..”tráigame LA CUENTA, POR FAVOR”
Al día siguiente, cuando el insoportable ratón lo permitía, reflexionaba sobre lo predecible que somos los seres humanos: pasan los años, transcurren las centurias,corren los milenios y seguimos siendo iguales. Una canción del siglo XIII, perteneciente al folclore de aquellos pretéritos días. Compuestas por hombres y mujeres comunes y corrientes. Letras que narran historias sobre el amor cortes; de estudiantes y sus correrías; la vida disoluta de los curas (de aquellos tiempos,porsia) las prostitutas la naturaleza y la fortuna. Canciones sin autor. Composiciones conocidas como profanas pues trataban temas mundanos y no religiosos. Germen y semilla de nuestros cánticos actuales. Pero; ¿que tenemos en común con gente tan lejana?: El deseo de vivir, lo irreverente; la burla al estatus y su hipocresía, la mofa a la autoridad; la moral mal entendida. El afán de cantarle al amor. A la dama de nuestros sueños. A la bebida, al juego, a lo lúdico...a Eros.
¿Qué son setecientos u ochocientos años para la eternidad? Todos coreamos y bebimos como nustros ancestros, al compás una canción del oscuro siglo XIII (In Taberna Cuando Sumus) en un bar del siglo XXI. Con temas que – quién lo diría – todavía son de actualidad.
Entonces…. ¿quien dijo que todo es relativo?
Pues, sí. Nos encontrábamos en el bar “El Paramo” rajando caña. El ambiente era el de siempre: buena conversa, clima cálido, arepas con mortadela deliciosas y cervezas como beso de suegra… bien frías. Sin embargo, algo no encajaba. Algo fallaba. Faltaba algo. Se notaba la ausencia. Carecíamos de su embrujo. Aunque- paradoja al fin - estando presente, nadie reparaba en ella. Pero estando ausente, a todos nos hacia falta. Nos incomodaba no tenerla. Era un fastidio. Nelson Frites, preguntó: ¿no tiene arreglo? Gerardo Castillo lamentó, ¿precisamente hoy? El poeta Fortunato Hernandez, sentencio: “la felicidad es un vano espejismo”. Y es que echarse palos y no tener música de fondo es como ir al cine solo. igual a comprar cosas – consumir – y no enseñárselas a nadie. Igual al horror de enterarse que la vecina esta en estado – sin tener marido – y no contárselo a media humanidad.
Es curioso el efecto de la música: ni pendiente cuando libamos licor de la letra y música. Pero que no llegue a faltar. Nos escuece su ausencia. Nos aturde su ausencia. Tenemos y debemos tener un ruido de fondo. Podría ser una moto prendida. Una lavadora. Una moto sierra. La hojilla o Aló ciudadano. Pero no, tiene que ser música. Escogemos los temas. Discutimos por los cantantes. Promovemos un referéndum sobre cuál es el mejor. Nos acaloramos por imponer qué letras son las mejores. Pero al poner en marcha el reproductor de CD…nos olvidamos del asunto. Curioso ¿verdad?
Sea como fuere, el aparato de sonido estaba dañado. La tarde calurosa y ventosa nos traía el ruido intermitente de la sierra de una carpintería. La cerveza fría se dejaba colar. Los temas de conversación – lo humano y lo divino – transcurrían uno detrás de otro, como las tandas de bebidas. De repente, sin proponérmelo, sin querer; sin saber cómo ni porqué, me encontré tarareando... a ratos silbando... a ratos murmurando la letra y música de una vieja – viejísima – canción. ¿Porque esa y no otra?…vaya usted a saber
-¿Qué canturreas?, preguntaron los panas
-¿Quién, yo?
-Sí (en coro) tú
-Bueee, no sé.
(Nuevamente en coro) ¿Ataque de estupidez fulminante o lo normal en ti?
-Estee… No sé… ni siquiera me di cuenta que tarareaba algo. Es muy antiguo.
-Pero se oye bien; sentenció uno. Es rara, martilló el otro. Enséñanosla y la cantamos todos, propusieron
-Bueeeno….pero esta en latín!!
-¿Y? hablamos tres idiomas. Podemos lidiar con otro
-¿Tres idiomas?... ¿cuales?
-Castellano, Caroreño y “Cuti”
-Muy graciosos, muy graciosos. Bueno… Plomo!! Vamos a darle.
“In taberna quando sumus, non curamos quid sit humus”
Lentamente, las estrofas de la canción – al principio con timidez – y luego con mas confianza, comenzaron a apropiarse del ambiente.
“Quidam ludun, quidan bibunt, quídam indiscrete vivunt”
La melodía era pegajosa. Nadie sabia lo que cantaba pero era contagiante. De las mesas vecinas comenzaron a llegar cervezas brindadas, que son las mejores.
“Bibit era, bibit herus, bibit miles, bibit clerus, bibit ille, bibit servus cum ancilla”….
La canción se adueño del local. Era la locura. Todos cantaban. Al unísono marcábamos el tiempo. Nos arropaba una alegría colectiva. Igual un rito místico. Era la antigua catarsis de los griegos. La gente repetía las estrofas sin parar.
“Bibit frater, bibit anus, bibit mater, sexies pro sororibus vanis, septies pro militibus silvanis” de esta forma continuamos por horas hasta que algún agua fiesta rompió el sortilegio pronunciando la horrorosa blasfemia que voy a transcribir, con el perdón de ustedes: …..”tráigame LA CUENTA, POR FAVOR”
Al día siguiente, cuando el insoportable ratón lo permitía, reflexionaba sobre lo predecible que somos los seres humanos: pasan los años, transcurren las centurias,corren los milenios y seguimos siendo iguales. Una canción del siglo XIII, perteneciente al folclore de aquellos pretéritos días. Compuestas por hombres y mujeres comunes y corrientes. Letras que narran historias sobre el amor cortes; de estudiantes y sus correrías; la vida disoluta de los curas (de aquellos tiempos,porsia) las prostitutas la naturaleza y la fortuna. Canciones sin autor. Composiciones conocidas como profanas pues trataban temas mundanos y no religiosos. Germen y semilla de nuestros cánticos actuales. Pero; ¿que tenemos en común con gente tan lejana?: El deseo de vivir, lo irreverente; la burla al estatus y su hipocresía, la mofa a la autoridad; la moral mal entendida. El afán de cantarle al amor. A la dama de nuestros sueños. A la bebida, al juego, a lo lúdico...a Eros.
¿Qué son setecientos u ochocientos años para la eternidad? Todos coreamos y bebimos como nustros ancestros, al compás una canción del oscuro siglo XIII (In Taberna Cuando Sumus) en un bar del siglo XXI. Con temas que – quién lo diría – todavía son de actualidad.
Entonces…. ¿quien dijo que todo es relativo?

1 comentario:
La música, nunca pasa de moda, y rompe barreras del idioma, y como lo cuenta esta historia, del tiempo. Relativismo total!
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